El pintor que ha transformado el Santuario de la Virgen de la Aliaga en un espacio de luz y color.
Reproducimos la entrevista de la periodista Beatriz Lecha para el periódico "La Comarca" publicada el 8 de agosto de 2026.
Para ver la noticia original clicka en este enlace: La COMARCA
¿Cómo llega un muralista contemporáneo a pintar el interior de un santuario de mediados del S.XVI?Pues fue una casualidad. Estaba pintando cerca, en Alacón, y pasaba por ahí el que era el cura de entonces. Me vio pintar y le tuvo que gustar, evidentemente, y sabía que en la ermita de la cofradía querían continuar haciendo un altar que ya había empezado una mujer de Muniesa hace unos años. Entonces, me puso en contacto con los de la cofradía y me ofrecieron continuar aquel trabajo. Al principio solo estaba en el programa hacer el altar, pero conforme fuimos hablando se fue ampliando el proyecto. E incluso cuando estuvimos desarrollándolo se siguió ampliando, por lo que fue una cosa que ha ido creciendo.
Por ejemplo, una parte que se amplió fue hacer la cúpula, porque tenía unos anillos falsos que intentaban imitar un poco la arquitectura de las molduras. Yo dije que había que llenarla porque las cuatro pechinas se comían mucho la parte de arriba del techo con un color muy vibrante, pero la cúpula se quedaba blanca. Gracias a una plataforma elevadora pudimos ampliar el proyecto y lo resolvimos de forma sencilla.
¿Qué esperas que sienta la gente que entre por primera vez a este santuario y vea todo el trabajo que has hecho?Por un lado, espero que sientan sorpresa de ver que de repente, una ermita que estaba vacía, está tan llena de luz y de color. Nada más entrar se ve el pasillo del fondo, y ahora que está bien iluminado, llamará mucho más la atención. Por otro lado, verán las hornacinas en las que podrán reconocer elementos de su propio pueblo, pero el protagonismo está en el altar y en las pechinas. Con esto espero que sientan admiración por un trabajo que, considero, está bien hecho, y aunque no sea el más importante de mi carrera, está en lo más alto.
Cuando recibiste el encargo, ¿qué fue lo primero que pensaste?Pues dije “vaya sorpresa, vaya proyecto y vaya responsabilidad”. Llevo ya años pintando y mayoritariamente han sido pinturas en exterior, aunque también he hecho proyectos en interiores, pero no los puedo comparar con este porque es historia de nuestro patrimonio. Yo nunca había pintado una iglesia, he hecho cosas de artesanos quizás, pero muy pocas. No es mi especialidad, y el saber que es un templo que representa a mucha gente y simboliza tanto ha sido un orgullo, una responsabilidad y un reto. Y también el hecho de que va a perdurar, se va a mantener y va a estar ahí da mucho respeto.
Como tú dices, sentiste mucho orgullo, pero también una gran responsabilidad, ¿cuál era tu mayor miedo antes de empezar?Tuve varios miedos. Por un lado, acertar en el diseño. En la parte del altar ya había una idea y un boceto muy escueto de lo que querían, por lo que ya sabía por dónde había que ir. Como mucho podía haber diferencias de gusto entre si el color es muy vivo o muy apagado, pero eso son aspectos que se pueden modificar en el momento.
Donde realmente más miedo he tenido ha sido en las hornacinas. Una hornacina, en teoría, es una forma cóncava que se ubica como un hueco donde se colocan las figuras de los santos o las vírgenes. En este caso, es una falsa hornacina. Se trata de una pared donde le han colocado una moldura curva que representa esa hornacina. Yo pretendía hacer un trampantojo para que diera la sensación de que existía una forma cóncava. El hecho de que eso funcionara ya era un reto.
También otro reto era qué iba a aparecer dentro de las hornacinas. Tuve dudas de si les iba a gustar la idea de representar elementos de los 10 pueblos, que están dentro de la ermita, en 5 hornacinas. Pero por suerte, y hasta donde yo sé, le ha gustado a todo el mundo, con lo cual yo me quedo tranquilo.
¿Cuánto tiempo dedicaste a pensar en todo lo que querías plasmar en tus pinturas y cuánto te llevó pintarlas?El trabajo previo fue de unos diez a veinte días, aunque también es verdad que incluso estando allí he ido cambiando cosas. Y pintando en la ermita como tal estuve dos meses trabajando de lunes a jueves, aunque es verdad que hubo muchos puentes, pero más o menos cerca de dos meses.
¿Hubo algún momento en el que pensaste “esto no funciona” o “no está saliendo bien” y tuviste que replantear de nuevo alguna pintura?Sí, sobre todo en las hornacinas tuve que hacer algún cambio. Yo planteé una hornacina en mi estudio en el que la sombra, la arquitectura y demás funcionaba desde una foto que había hecho y había pensado yo. ¿Qué pasó? Que cuando yo empecé a marcarlo y a hacer toda esa falsa arquitectura, la sombra, un falso dintel… estaba estructurada como que su punto medio estaba a la altura de los ojos de un espectador promedio, y realmente estaba un metro y pico más arriba
¿Qué significa eso? Que la arquitectura que yo estaba diseñando no encajaba bien, y me di cuenta porque estaba haciendo la base en la que reposaría la imagen viéndola desde arriba, y realmente se tenía que ver desde abajo. Por ello, tuve que cambiar una parte de debajo de las sombras en el momento porque no estaba funcionando.
También en el altar el tema de la luz y cómo generar una atmósfera más etérea, más suave y más lumínica la tuve que ir trabajando en el momento porque el boceto estaba más pequeño. Funcionaba muy bien en una raya, pero en grande tenía que ser más lumínico y generar una sensación de iluminación que se expande.
¿Qué es lo más complejo que recuerdas de todo este proceso a nivel técnico?Lo más difícil que recuerdo son los anamorfismos que se generan en las cúpulas o en las pechinas. Cuando trabajo en una superficie plana es fácil encajar las cosas, pero cuando la superficie empieza a curvarse en varios lados las formas ya no son las líneas. Entonces, ahí se generan unas deformaciones que tienes que aprender a trabajar para que cuando estés abajo no se vea una cabeza más pequeña o figuras deformes. Lo que desde arriba se deforma, desde abajo se ve bien. Aprender eso es complicado.
También fue tedioso el tema de la iluminación del santuario, porque los focos que tenían eran de temperatura fría con mucha iluminación en la parte del altar y aquello necesitaba un espacio más cálido. En general, era un sitio oscuro en el que no había buena luz y tuve que ir con mis propios focos moviéndolos del andamio a la plataforma y viceversa para poder trabajar mejor. A raíz de estar allí se lo comenté a los miembros de la cofradía y se pudo solucionar.
Si tuvieras que quedarte con una pintura de todo el conjunto, ¿cuál sería?Me quedaría con las dos pechinas que están más pegadas al altar. En ellas aparecen una representación de la mujer. Una tiene los paños un poco satinados y otra es una madre con un hijo. De las dos me quedaría con la segunda porque me toca la parte paternal por mi hija.
¿Crees que este encargo te ha ayudado a que la gente te conozca un poco más?Eso siempre. Cuando una obra no me ayuda a que la gente me conozca más es cuando pinto o esculpo en el taller. Siempre que pinto fuera y la gente ve mi trabajo, directamente ayuda a darme visibilidad. En este caso, han sido 800 cófrades sumando las personas que puedan pasar alrededor y las que se han interesado y lo han visto… Evidentemente esto me abre caminos, no sé si me abrirá puertas en el sentido de que me llamarán para hacer más cosas de este tipo, pero desde luego cada trabajo que hago siempre es un pasito más adelante, entonces bienvenido sea.

